jueves, 20 de noviembre de 2014

Perdone, se le ha caído algo


Subiendo una calle estrecha y empinada de Carabanchel, creo que el Alto, me he cruzado con una persona curiosa. Me bastó un vistazo, el segundo y tres cuartos de cortesía permitidos para analizar de pasada.

Supe que era una señora muy mayor. Vestía ropa adelantada a su tiempo, que si chaqueta imitando a las de las universidades americanas, que si leggings. A las zapatillas no llegué, esta señora llevaba un buen ritmo, quizás nuevamente consciente de que su tiempo se agota. Dobló la esquina tan rápido que temí por su cadera.

Su físico tampoco coincidía con su edad. El rostro era joven y terso, sin arrugas. Pero no tenía nada de luz. Sus dientes eran recientes, pero de haber trazado sonrisa no habrían dado luz. La mirada era de quien está convencido de muchas cosas, y está acostumbrado a soportar otras tantas. Ni rastro de luz. Saldría algo así como alquitrán negro si me pusiera con mis guantes mágicos a estrujar sus ilusiones. Probablemente también acabaría envenenado.

No es que llevara encima un mal día, como mínimo eran varias malas décadas consecutivas, con tres o cuatro guerras en ambos bandos de por medio sumadas a la receta.
Me pregunto si sus cargas eran imaginarias.

Así era esta anciana de veintipocos años.

jueves, 13 de noviembre de 2014

Ponte el traje y ríe


La última actuación le pertenecía a Pagliaccio.
Era un excepcional domador de leones. Artista y showman sin parangón.


Lo que distingue a un buen domador de uno mediocre es que no sacará la cabeza a menos que sienta las fauces apretándole la sien. Por esa razón el público le aclama. Él deja que las mandíbulas se vayan cerrando, ajustándose hasta que fluye un hilo de sangre victorioso, digna mención del más valiente.


La audiencia se inquieta, se levanta. A todos les encanta el atroz espectáculo.
Se mezcla la saliva de la bestia con el sudor de la frente. Los brazos soportan despreocupados una carga calculada, sustituyendo 
con satisfacción el contenido que sus venas derraman.

El león amaestrado no está acostumbrado a este nuevo sabor.

Es tan delicioso como los aplausos que los arrinconan.
Pronto quiere más, y el telón de marfil esconde irremediablemente la risa de Pagliaccio.

La grada enloquece.