Perdone, se le ha caído algo
Subiendo una calle estrecha y empinada de Carabanchel, creo que el Alto, me he cruzado con una persona curiosa. Me bastó un vistazo, el segundo y tres cuartos de cortesía permitidos para analizar de pasada.
Supe que era una señora muy mayor. Vestía ropa adelantada a su tiempo, que si chaqueta imitando a las de las universidades americanas, que si leggings. A las zapatillas no llegué, esta señora llevaba un buen ritmo, quizás nuevamente consciente de que su tiempo se agota. Dobló la esquina tan rápido que temí por su cadera.
Su físico tampoco coincidía con su edad. El rostro era joven y terso, sin arrugas. Pero no tenía nada de luz. Sus dientes eran recientes, pero de haber trazado sonrisa no habrían dado luz. La mirada era de quien está convencido de muchas cosas, y está acostumbrado a soportar otras tantas. Ni rastro de luz. Saldría algo así como alquitrán negro si me pusiera con mis guantes mágicos a estrujar sus ilusiones. Probablemente también acabaría envenenado.
No es que llevara encima un mal día, como mínimo eran varias malas décadas consecutivas, con tres o cuatro guerras en ambos bandos de por medio sumadas a la receta.
Me pregunto si sus cargas eran imaginarias.
Así era esta anciana de veintipocos años.
