Ponte el traje y ríe
La última actuación le pertenecía a Pagliaccio.
Era un excepcional domador de leones. Artista y showman sin parangón.
Lo que distingue a un buen domador de uno mediocre es que no sacará la cabeza a menos que sienta las fauces apretándole la sien. Por esa razón el público le aclama. Él deja que las mandíbulas se vayan cerrando, ajustándose hasta que fluye un hilo de sangre victorioso, digna mención del más valiente.
La audiencia se inquieta, se levanta. A todos les encanta el atroz espectáculo.
Se mezcla la saliva de la bestia con el sudor de la frente. Los brazos soportan despreocupados una carga calculada, sustituyendo con satisfacción el contenido que sus venas derraman.
El león amaestrado no está acostumbrado a este nuevo sabor.
Es tan delicioso como los aplausos que los arrinconan.
Pronto quiere más, y el telón de marfil esconde irremediablemente la risa de Pagliaccio.
La grada enloquece.

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